Las nubes se veían como algodones de azúcar dulcísimos, pero ya no le tentó el intentar morderlas.
Su alma estaba en paz, y no necesitaba nada mas que sentirse conforme con su mundo para encontrarse feliz.
Su cabellera larga se movía tan tenuemente que parecía como un cadáver a la deriva ( solo quizás por el punto de que respiraba y no se movía pues no había marea), y se sintio profundamente feliz.
- Al fin la calma me ha colmado, y puedo decir que en mis deseos radican mis penas, y en las penas susurran las desilusiones.
Y mientras hablaba consigo mismo se le acercaron tres pequeños peces de diversos colores (que debían de vivir cerca, en algún arrecife o cueva o lo que sea), y le empezaron a hablar uno por uno:
- Ey tú,¿porqué no vuelas y juegas con las nubes? están bastante cerca y te harían cosquillas mientras se derriten sobre tu cuerpo.
- Porqué eso sería lastimar los colores que tan bellos se ven, para mi es mayor placer verlos en tonos imperpetuos que en un juego con una nube.
Entonces el otro pez le preguntó:
- ¿ Y porqué flotas sin moverte, si debiese haber marea como en cualquier mar?
- Porque mi alma ha encontrado la paz en la suficiencia, y mi corazón solo necesita la luz de este sol para sentirse bien. Este sol ilumina mis penas y mis arrogancias de ser humano, me purifica con su amor abrasador y me desviste de inseguridades, pues sé que nunca se irá.
El ultimo pez se quedó un momento meditando. Luego, dijo:
- ¿ Y porqué crees que esto terminó acá?
- Porque- y antes de continuar arrojó una tibia sonrisa, disfrutando como sus palabras caían por su boca- con el fin de los deseos y necesidades, la paz cae como una miel que no pueden ustedes siquiera imaginar.
Una fría brisa pasó y a los peces les dió frío y se despidieron.
Luego de eso desaparecieron, para nunca mas volver a aparecer (junto con la marea, con el cielo y con las nubes).
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