El desierto reclamaba su espacio con grandes bocanadas, mientras el amante y la mujer de mil caras danzaban en un coito a la luz de las estrellas del oriente.
El opio de las palabras falsas no era necesario, mas un jardín lleno de flores era la antesala para el sonar de las citaras que musicalizaría aquella orgía de sudor y manjares que estaba por realizarse en la casa de del djin que se escondía en su interior.
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